Carta a Alessandra

Publicado en General el abril 27, 2009 por jlrd10

Querida Alessandra:

Cómo ha pasado el tiempo, hace ya seis años que te conocí. Hace seis años que vi tus ojazos por primera vez, y tu risa que siempre me dio risa también. Pero pese al tiempo, aun recuerdo todo, desde el momento en que nos encontramos (o quizás yo te encontré).

Nos conocimos en momentos difíciles de nuestras vidas ¿recuerdas?: yo tenía que elegir qué carrera universitaria iba a seguir (en realidad, me veía casi obligado a entrar a ingeniería industrial), y tú, tenías que decidir si te ibas con tu familia a Venezuela (de donde era tu padre) o te quedabas en Lima, sola. Recuerdo que te atormentaba el hecho de separarte de tu familia, pero también te afligía dejar Lima y todo lo que significaba para ti. Felizmente elegiste quedarte, al menos por un tiempo.

Recuerdo también el momento exacto en que te conocí. Fue en ese curso (o taller) del C.C. de la Católica. Entré al salón y, como de costumbre, iba a la última fila, pero entonces te vi. Vi tus ojos negros, tus rulitos encantadores, tus mejillas algo llenitas (porque siempre fuiste cachetona), tu pequeña y risueña boca, tus labios rosaditos y memorables, y vi como levantabas la ceja con ese gesto que siempre me ha gustado (y me gustará) tanto.

Aun te veo en ese momento, con la mirada perdida en la pizarra, jugando con un lapicero. Entonces noté que a tu lado había un sitio vacío. Dudé un segundo, como siempre, y me senté junto a ti.

En ese momento no te hablé. Pensaba en algo que decir, pero no se me ocurría nada. Felizmente que a mitad de la clase tuvimos que comparar unos trabajos en parejas, y me tocó hacerlo contigo. Entonces pudimos hablar, y nos reímos, sobretodo de errores nuestros y de alguna que otra broma que hice. Fue ahí cuando me reí por primera vez de tu risa inolvidable. Aun sonrió cuando me acuerdo de ella, aun la oigo, querida Alessandra.

Y ahora que te digo (o escribo) “querida Alessandra”, me doy cuenta que te quise desde ese momento, desde que te vi, desde que escuché tu voz por primera vez. Cómo no quererte. Te veías tan inocente, tan natural, tan encantadora y graciosa, que si pues, era imposible no quererte.

Y felizmente que te caí bien desde el inicio, porque si no hubiera sido por ti, que en las clases siguientes me diste tanta confianza, no sé si hubiese intentado acercarme. Ya sabes, yo siempre dudando.

Después dejé de ir a clases. En realidad le había perdido el interés casi a las dos semanas, pero seguía yendo por ti. (Recién te enteras, sólo iba por ti).

Entonces llegó nuestra primera salida, que fue un desastre total, pero que recuerdo con todo el cariño del mundo. Salimos a tomar algo y yo, eternamente torpe, me tropecé y me manché el pantalón con aquel trago que supuestamente me daría valor. En realidad, ese vergonzoso accidente sirvió para que me relajara por completo, gracias a ti, como siempre. Te reíste a más no poder, te doblabas de risa, y te apoyaste en mí, y entonces me abrazaste por primera vez, diciéndome que no me preocupara, que todo estaba bien. Y si, tuviste razón, todo estuvo bien. Fue una noche preciosa.

Después de eso inventábamos cualquier cosa para salir, hasta que tomamos total confianza, y ya proponíamos con tranquilidad.

Todo era risa en esas salidas, y cariño también. Aun no sé por qué, pero todo fue siempre divertido y era como si nos conociéramos de siempre. (Ya se que siempre se dice eso, pero en nuestro caso fue así).

Recuerdo las veces que caminábamos y caminábamos, hablando de todo, de tantas cosas… siempre teníamos algo que decir, algo de qué sonreír.

Recuerdo también las cosas extrañas que nos pasaban cada vez que salíamos, o las cosas nuevas que siempre nos gustaba probar. Así íbamos creando nuestras anécdotas, como me dijiste una vez, fuimos creando nuestros recuerdos. Y yo lo recuerdo todo.

La vez que despertamos en tu sala, sin saber cómo llegamos, y yo tenía un polo súper gay en las manos; el día que te bajaste de ese micro lleno de gente y yo no pude bajar hasta diez cuadras después y te veías tan graciosa corriendo unos metros hasta que hiciste un gesto obsceno y te quedaste parada llamándome al celular; el domingo que te molestaste conmigo porque querías ir a la playa y yo me hice el enfermo (porque no me gusta la playa) y me viste en la tarde con unos amigos por la calle y me enviaste un mensaje que decía “Me mentiste, te jodiste”, y después de leerlo te vi, y corrí tras tuyo y dejé a mis amigos y pasamos el resto de la tarde juntos; el viaje que soñamos un millón de veces y jamás hicimos; tus (verdaderamente) fallidos intentos culinarios, que tantas veces sufrí; las veces que me dijiste que comiera nomás, que habías preparado todo con cariño, y que me aguantara como macho; el sábado que me dijiste que eligiera entre la “U” o tu, y elegí a los dos, viendo el partido contigo, y odiándote porque interrumpías a cada rato; el día que me regalaste ese libro de Bryce, mi libro preferido, el libro que siempre me hará recordarte, el que siempre me hará sentir un Martín Romaña; el día que te hice escuchar a Calamaro y te enamoraste de esa canción que es tu canción; la noche que tomamos tequila como enfermos (nosotros que siempre hemos tomado tan poco) y empezamos a reírnos y de la nada me diste un cabezazo (casual según tu) y me sangró la nariz; las veces que recostabas tu cabeza en mi hombro y que siempre me hacían temblar aunque sea un poquito; y un millón de cosas más, y una infinidad de cariño más…

(Este párrafo anterior me salió realmente de corrido… y podría seguir en un párrafo sin fin, con tantas cosas que me vinieron a la mente… pero hay recuerdos que pensados se disfrutan mejor que leídos…)

Lo que daría por volver a tenerte aunque sea un minuto a mi lado, en silencio si quieres, pero a mi lado… tantos recuerdos… y siempre tú.

Recuerdo que ya pasado un tiempo yo estaba totalmente resignado a seguir ingeniería, no tenía otra salida, o quizás no la veía. Y tu, no pudiste quedarte más tiempo en Lima, aunque lo hubieses querido. Pero tu mamá empezó a enseñar en la Universidad de los Andes (en Venezuela) y aunque no te gustaba ese nombre tuviste que ir allá, porque era mejor para ti. Al menos eso te decían. Y tuviste que aceptarlo.

Esas últimas semanas fueron algo tristes. Sobretodo al principio. Hasta que decidimos aprovechar al máximo lo que nos quedaba de tiempo. Lo hicimos bien, fueron esos tipos de días que uno quisiera que duraran para siempre, pero si pues, todo termina… o casi todo.

Pensamos varias veces qué haríamos el último día, cómo nos despediríamos y no se nos ocurría nada. Pero me gustó lo que hicimos. Pasamos toda la tarde juntos, en tu sala, con música de fondo, conversando, sin hacer nada más, tratando de no mencionar que te ibas, hasta que te ayudé a preparar las maletas… ¿recuerdas? Te pedí que me dejaras ropa interior de recuerdo, y me dijiste que me vaya a la mierda, y nos reímos, pero eran risas algo tristes, era imposible seguir ocultando la pena… en ese momento, después de esas leves risas, dejaste caer unas lágrimas. No sabes todo el esfuerzo que tuve que hacer para comportarme… para darte tranquilidad. Hasta que llegó la hora.

Recuerdo que en algún momento pensamos que era mejor que no vaya al aeropuerto… yo, todo cobarde, incluso evalué aquella salida, pero no, no pude, tenía que verte hasta el último segundo posible. Y así lo hice. (Y aun te veo, en todas partes, Alessandra).

Mientras escribo esto, te siento a mi lado, escucho tu voz, veo tu rostro, tus lindas piernas… estás acá, conmigo.

En el aeropuerto ya todo era tristeza, se podía sentir, aun con alguna que otra risa de por medio… te ibas, querida Alessandra, te me ibas.

Los minutos pasaron rápidamente y llegó el momento de despedirnos. No me da vergüenza, aun se me aguan los ojos cuando recuerdo ese instante. Nos miramos por unos segundos, y me dijiste chau, te quiero mucho. Y nos abrazamos, y no temblé, solo cerré los ojos y no nos soltamos por un buen rato. Cayeron lágrimas, mías y tuyas, y luego me miraste y me diste un besito. Fue corto, pero inolvidable. Luego me miraste con los ojos rojizos y la cara algo risueña y levantaste la ceja y me dijiste: ahora si, chau. Suspiré (como una magdalena) y te dije chau.

Hiciste la cola para pasar a la sala de embarque (o como se diga) y cuando faltaba uno para que te tocara, empezaste a gritar: ¡me escribes, me llamas… chauuu! Me dio risa.

Y así fue la última vez que nos vimos, sonriendo. Y así te recuerdo. (Aunque camino a mi casa fue todo menos risa).

Recuerdo que recibí tu llamada apenas llegaste a Venezuela. Después de eso, siempre nos comunicábamos. Sabía más cosas de ti que de las personas que vivían en Lima conmigo. Y nos fuimos acostumbrando a la distancia. Recuerdo también cuando te conté que me cambiaba de ingeniería a comunicaciones y que me había metido a otro curso del C.C. de la Católica, y que también lo había dejado, que en realidad no me gustaba nada, que no sabía que iba a hacer. Entonces me dijiste aquella frase que siempre tengo presente: “el día que encuentres algo que de verdad quieras, que de verdad te importe, no lo dejarás, simplemente no podrás”.

Si te contara que llevé un par de cursos fuera de la universidad y nunca los terminé, que empecé Comunicaciones pensando que quería publicidad, luego marketing y que ahora me llama la atención el periodismo… qué dirías…

Pero no, Alessandra, no pude ni puedo contártelo. Al menos no como antes.

Hace más de cinco años que te me fuiste. Esa fue la primera vez que te perdí. Pero hace un año que te nos fuiste, a todos, querida Alessandra. Y esa fue la segunda vez que te perdí.

No quiero recordar lo que sentí en el momento que me enteré de lo que te pasó. No quiero. Y ahí lo dejamos.

Pero pasó el tiempo, y de alguna manera te recuperé. Te veo siempre, te escucho, te siento. Hicimos bien en crear recuerdos, querida Alessandra, a veces me río solo, en clase, en el carro, y te imagino riéndote, y me da más risa. Y te veo levantando la ceja, y me atonto. Tu levantadita de ceja tiene aun ese efecto en mí.

En unos meses me gradúo, y no sé qué haré con mi vida. Estoy desesperado. Contigo todo hubiese sido más fácil, pero bueno, ya encontraré una salida…

Por ahora recuerdo siempre tu frase. Y aunque aun no sé qué es lo que realmente quiero en la vida, ya encontré algo que haré por siempre, algo que no podré dejar de hacer: Quererte.

No puedo ni quiero dejar de quererte, de pensarte, de tenerte siempre a mi lado, de sentirte en todas partes, mi querida Alessandra.

Eres de lo mejor que me ha pasado en la vida.

Por las tardes eternas, por las caminatas sin fin, por el cariño, por las risas, por las miradas, por tu amor, por tus ojos (y tu cejita), por todo, y sobretodo por ti, por permitirme sonreír con solo pensarte, gracias Ale, cariño, mi amada Alessandra.

El tocadiscos del abuelo

Publicado en General el abril 17, 2009 por jlrd10

Recuerdo a mi abuelo con la misma e imborrable imagen: alto y erguido, los cabellos negros y crespos, la piel algo oscura y las facciones de mulato. Siempre con los gruesos lentes puestos, con zapatos brillantes, pantalones de vestir claros y camisas oscuras. Siempre elegante.

Recuerdo sobre todo el cariño que me tenía, un cariño correspondido y al que se le sumaba mi admiración. (Admiración y cariño que han crecido con el tiempo).

Había sido boxeador de joven, y gran nadador también. Mi mamá y mi abuela me contaban sus hazañas. Nadie podía permanecer más tiempo bajo el agua; tampoco le ganaban boxeando, era recio, fuerte. Una vez lo esperaron en la calle y lo golpearon entre cinco. Mi abuela me lo contaba, muchos años después, aun preocupada, mientras yo pensaba, con cierto orgullo, que sólo cinco hombres podían vencer a mi abuelo.

En sus últimos años, iba a mi casa a diario a la hora del almuerzo. Siempre me llevaba chocolates, y me preguntaba por el colegio, y me hablaba de fútbol (sobre todo del Alianza, aunque yo soy de la U).

Fue por esa época que noté que sus manos comenzaban a temblar, y que le empezaba a ser difícil comer. Sus pasos también se habían hecho más lentos.

De pronto, un día, dejó de ir a mi casa. Había enfermado.

Ahora era mi madre quien iba a verlo todos los días. Sus otras hijas, a quienes tengo que llamar tías, no lo veían muy a menudo, pese a que vivía a pocas cuadras.

Yo tenía once años, o algo así, y quería ir a verlo, pero mi mamá no me dejaba, y mi papá hacía sus mejores esfuerzos por distraerme. Sin embargo, ante tanta insistencia, cedieron.

Recuerdo cuando entré a la casa de mi abuelo: todo seguía igual, como siempre, como cuando era mucho menor y pasaba los días ahí.

Estaba el gran reloj antiguo, con un péndulo incansable; el cuadro en el que salía mi madre, vestida y peinada de una manera extraña, y recibiendo un ramo de flores; el perchero en el que habían colgados dos sombreros, el televisor inmenso y cuadrado, y el tocadiscos. Todo estaba ahí.

Vi a mi abuelo echado en la cama. Tenía lo ojos entrecerrados, estaba algo más delgado. Cuando me vio se sentó, y conversamos un instante. Le hablé del tocadiscos, le dije que me acordaba de las canciones que me hacía escuchar cuando era más chico, sobretodo una que era sobre Drácula, y decía draculín, draculón, y le dije que la canción me daba risa, pero después me daba miedo. Mi abuelo sonrió, y me dijo que todas las semanas tenía que comprar un disco nuevo para sorprenderme, para tratar de superar a Drácula, y que nunca lo conseguía, pero que le alegraba que me acordara de las canciones, y me preguntó si me habían gustado los discos de boleros que me había enseñado el año pasado. Tuve que decirle que si. Hablamos un rato más, hasta que tuve que irme, me obligaban a irme. Vengo mañana, le dije. Pero no me dejaron. Volví dos semanas después.

Cuando regresé, su voz estaba muy débil, la mirada algo perdida, sus mejillas parecían haberse desinflado. Lo saludé como siempre, con un beso. Nunca lo había visto así, quería llorar, pero me contuve. Llegó un primo, y entre los tres conversamos un rato. La voz de mi abuelo era débil, entrecortada. Cuando tuvo deseos de ir al baño, mi primo y yo intentamos ayudarlo; pero él no quiso, se molestó. Sonreí, sintiendo algo de ternura, pero también pena. Fue y volvió del baño con paso lento, arrastrando los pies, y por primera vez algo encorvado. Hablamos un rato más, hasta que mi madre me dijo que era hora de irnos a la casa. No quería hacerlo, podía dormir en un mueble, o en la silla. Pero mi mamá no quiso. (La comprendo).

Recuerdo nuestra despedida: “Chau, vuelvo en estos días” le dije, mientras le daba un abrazo; “Chau hijito” respondió mi abuelo, y me besó en la frente. Fue la última vez que lo vi.

Tres días después de verlo lo internaron en una clínica. Pero sólo fue por una semana. Durante esos días casi no vi a mi mamá; ella pasaba todo el tiempo, junto a algunas primas, acompañando a mi abuelo.

Yo sentía pena; una pena que se mezclaba con rabia. Pensaba en que yo nunca sería con mis padres como las hermanas de mi madre eran con mi abuelo.

Una noche, mi madre llegó a casa con algunos familiares. Estaba irreconocible, algo mareada. Le habían dado calmantes. Mi abuelo había muerto. Recibí la noticia tranquilo, calmado. Mi actitud me sorprendió.

Ya en los funerales y entierro, sentía que muchas de las personas que estaban ahí podían llevar mi sangre, pero no eran más mi familia. Ya nada nos unía. No quería verlos más, ni pensar en ellos, sobre todo cuando me enteré, algún tiempo después, que en lo últimos días de mi abuelo, habían hecho que firmase algunos papeles y que les heredase la casa. No volví a verlos en mucho tiempo.

No vi a mi abuelo en su ataúd. No quería. Nunca he tenido interés en ver cadáveres, sobre todo los de mis seres queridos. Prefiero recordarlos con las imágenes que tengo de ellos, imágenes mentales, de recuerdos, de cariño.

Seguí tranquilo todo el tiempo, hasta el momento del entierro. Entonces lloré.

Y pasaron los años.

Un día, mientras pensaba en mi abuelo, me di cuenta que no tenía ningún recuerdo físico, ni una foto, ni nada de él. Entonces recordé el tocadiscos, las canciones, Drácula. Dudé mucho tiempo, hasta que me decidí; iría a la casa de mi abuelo. Quería, y necesitaba, tener algún recuerdo suyo.

Cuando llegué a la casa, las personas que me recibieron me parecían lejanas, extrañas. Ellos se sorprendieron al verme, y me dijeron que pasase. Se mostraron algo afectuosos, y mientras entrábamos a la sala me preguntaban por mi mamá, por mi padre, por mis hermanos, por la universidad. Yo sólo respondía “bien, bien”. La sala había cambiado un poco. El gran reloj seguía en su lugar, igual que el cuadro de mi madre, pero el perchero ya no estaba. El televisor tampoco era el mismo, ahora tenían un pantalla plana, rodeado de pequeños parlantes (sistema surround). El tocadiscos tampoco seguía ahí. En su lugar había un equipo de sonido, con parlantes inmensos.

- ¿Y el tocadiscos del abuelo? – pregunté

- Ah, eso ya no se usa ahora pues – respondió una de los personas que tenía al frente – ya no sirve para nada, lo botamos.

En ese momento sentí pena, rabia, odio. Simulé recibir un mensaje al celular, y luego una llamada. Les dije que sólo estaba de paso, que tenía que irme por asuntos de la universidad. Me dijeron que vuelva pronto, que los visitara. Traté de sonreír y me fui.

Recuerdo cómo, rumbo a mi casa, pensaba en las canciones del tocadiscos, sobretodo en la de Drácula, y pensé que quizás nunca más la oiría. Tenía razón.

Pensé en mi abuelo, y hablé con él, como lo hago todos los días. Como siempre lo he hecho. Como siempre lo haré.

El inicio

Publicado en General el abril 17, 2009 por jlrd10

Tuve/tengo otro blog con resultados más que interesantes. Ahora, empiezo acá. A ver qué pasa.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.